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LEYENDA DE LA CUEVA DE LA MORA  
A juzgar por los topónimos existentes en el alto Aragón, hay que sacar la conclusión de que la cultura árabe tuvo allí también su asentamiento. Lo confirma Enrique Satué Oliván en su "Pirineo contado". Donde cita multitud de pueblos y lugares que recuerdan muchas historias de moros.

Este es el relato correspondiente a la Cueva de la Mora, situada en término de Aquilué, cerca del santuario de la Virgen de los Ríos, en la margen derecha de un barranco.

Se encuentra en el término municipal de Aquilué, lugar de Caldearenas, provincia de Huesca. Dista 59 kilómetros de la capital y 17 de Jaca. Su caserío se encara ya con los Pirineos. Al frente se alza la sierra del Salvador y, abajo, al fondo, discurre el río Matriz, que es más bien arroyo.

El propio Enrique Satué la visitó en 1979. Se encuentra casi superpuesta a la resplandeciente ermita jesuística, sobre el arroyuelo que baja de la Sierra de Bonés. Se accedía indistintamente por dos oquedades paralelas. El relato dice: "Después de reptar cuatro metros, dimos con dos salitas comunicadas entre sí, de unos nueve metros cuadrados cada una. De verdad que imponía estar allí".

Según escribió Aquilué, la cueva sirvió de refugio a una bella sultana mora de gran belleza, cuyo nombre se ha perdido con el paso del tiempo. Se supone que la sultana mora buscó aquel refugio para esconderse, al saberse perseguida por los suyos debido a que se había enamorado de un cristiano. Es lo único que se da por cierto de la legendaria historia, sin aportar otros detalles dignos de ser tenidos en cuenta, aunque abunden todo tipo de versiones sobre el particular

Todos los días, subía a peinar a la sultana una mujer de Casa Lárrede.Para tal menester utilizaba un peine de oro. La peinadora tenía fama de bruja y recibía pepitas de oro como pago. Sólo una condición le ponía la mora: que jamás debía volver la vista hacia la cueva cuando regresara al pueblo, de lo contrario perdería el oro. Pero un día la montañesa notó los pasos de una vaca a su espalda, se volvió y se quedó sin su riqueza. Luego, en Casa Lárrede nunca dejaron de producirse extraños ruidos por la noche, de manera que el silencio sólo se recuperó cuando llegó la luz eléctrica.
   
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